Praga son dos ciudades diferentes según la época en que la visites. En verano, las terrazas de cerveza están llenas de vida y los días son largos, pero el Puente de Carlos está abarrotado y los adoquines atrapan el calor. En invierno, las temperaturas rondan los cero grados, pero las agujas góticas cubiertas de nieve parecen un cuento de hadas y los mercados navideños huelen a vino caliente. Personalmente, prefiero el frío del invierno: encaja mucho mejor con el alma gótica de Praga y hay muchos menos grupos de turistas bloqueando la vista.
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